La Internet de las cosas en 2016: ya está aquí

Aunque su llegada ha sido más lenta de lo esperado (hace ya 17 años que se especula sobre ella) la Internet de las cosas sigue siendo uno de los temas más interesantes en el mundo de las nuevas tecnologías informáticas, un área de trabajo donde miles de personas están trabajando hoy. Por Raimundo Roberts M., Periodista, Analista de la Biblioteca del Congreso Nacional.

Diagrama de la "Internet" de las cosas || Autor Fotografía: Deloite.

De hecho, pocas tecnologías se han mantenido tanto tiempo en el grupo de las ideas de vanguardia sin llegar tener un clímax (como fue el hombre en la Luna en 1969 o la aparición del primer iPhone en 2007) y sin perder el encanto: la comida en píldoras, la web semántica, la fisión nuclear, los vehículos anti- gravitacionales, están en el salón de la fama de aquellos avances por los que  tendremos que esperar.

Pero eso no sucede con la Internet de las cosas (o IoT, por su sigla en inglés), la cual sigue suscitando gran interés científico y comercial en Europa , América; y Asia: ¿Qué la hace tan especial? ¿Es su cercanía con la ciencia ficción, o es el inevitable avance de una tecnología sigilosa que nos rodea y a la que nos vamos adaptando sin darnos cuenta, como ya nos pasó con Internet?

Esmás lo segundo: según CISCO , en sólo cuatro años más tendremos 50 mil millones de aparatos conectados entre sí en áreas como vestimenta, ordenamiento territorial, aplicaciones para dispositivos móviles, aviación, entre otros usos, en un proceso que comenzó entre 2008 y 2009, y en el que antes de 2010 ya tenía más aparatos conectados entre sí y a la red que personas sobre el planeta.

Para ello, hoy cientos de empresas están desarrollando dispositivos, programas y visualizaciones de Big data que, además de generar empleo, van cambiando la perspectiva de lo que hoy entendemos como algo “inanimado”, y de paso abriendo camino a nuevos liderazgos económicos.

Qué es la Internet de las cosas o IoT.

En una conversación de café, la IoT se puede definir como la comunicación entre máquinas que nos facilita la vida. Ejemplos hay muchos, desde alimentos envasados que, gracias a sensores de radiofrecuencia, se conectan con electrodomésticos para avisarnos que la leche está por vencer, hasta teléfonos celulares que, conectados todos con una central, informan del tráfico y nos ayudan a planificar mejor nuestra ruta. Sin olvidar, por supuesto, relojes que miden tu pulso y respiración, ayudándote con la dieta o zapatillas con GPS que te indican cuánto y cuán rudo has entrenado hoy.

Sin embargo, el concepto apunta a ser mucho más complejo que generar datos para redes sociales o mejorar la trazabilidad alimentaria: en pocas palabras, la Internet de las Cosas es dotar a los productos (de uso diario o industrial) de una identidad propia, así como de capacidades de informarse e informar a otras máquinas, para construir información y luego tomar decisiones.

Kevin Ashton es un innovador británico, que acuñó el término en 1999, mientras hacía una charla para la empresas P&G. Diez años después,  Ashton recordaba que hasta ese momento (e incluso hoy) la principal fuente de información de los computadores (y de Internet) son humanos: personas que ingresan datos con un teclado, una cámara o un sensor de movimiento, por ejemplo. “Si tuviéramos equipos”, decía Ashton en 2009 , “que supieran todo lo que hay que saber sobre ciertos objetos, a partir de datos reunidos sin ninguna ayuda de nosotros, seríamos capaces de seguir y contar de todo, y reducir significativamente los residuos, las pérdidas y los  costos”.

Quizá de eso se trata todo esto: en un mundo donde las economías más avanzadas compiten por utilidades generando productos de vanguardia, y con poco margen para bajar los costos de producción y de reducción de impacto ambiental, que los productos mismos te permitan disminuir pérdidas o auto-controlar su desempeño es tener doble ganancia. 

Pero como en todas las buenas historias, la ganancia nunca es gratis. Los temores por la seguridad, por la dependencia, o por el uso de información sensible se acrecientan cuando se habla de máquinas conectadas entre sí, sin la interferencia de humanos. 

El cine ha hecho carne estos miedos a las máquinas con villanos como Skynet, la red de máquinas que controlan a los humanos en la saga de Terminator, o VIKI, la computadora central de United States Robotics que recorta las libertades civiles por el bien de los humanos, en el filme “Yo, Robot”, basado en una historia de Asimov. 

Así, decenas de otras obras de ficción han mostrado las brechas de seguridad que se pueden imaginar en los mundos informáticos, muchas de las cuales se han convertido en temores reales cuando se habla de robos de información o de dinero. 

El próximo mes de octubre, en Boston, EUA, se reunirán los principales encargados de seguridad informática para discutir sobre cómo generar confianza en que los miles de dispositivos que se están creando y adaptando a las cadenas productivas no podrán ser mal utilizados por un hacker, o simplemente no serán peligrosos para los usuarios. Casi al mismo tiempo, en Hong Kong se reunirán los encargados de seguridad de los países de Asia Pacífico para discutir… casi lo mismo: cómo detener a los futuros criminales expertos en Big Data e Internet de las cosas . 

¿Por qué no hacer una sola reunión sobre seguridad? Pues posiblemente porque una de las competencias más interesantes del desarrollo de la “Internet de las Cosas” es ver quién gana la supremacía por los estándares, las frecuencias, los modos de producción.

Según la OECD en 2015, tecnologías como las relacionadas con la Internet de las cosas, Big Data, computación cuántica y otras están preparando el terreno para profundas transformaciones en el futuro cercano, y en 2010-12, Estados Unidos, Japón y Corea lideraron las invenciones en estos dominios (que en conjunto representan más del 65% de las familias de patentes presentadas en Europa y Estados Unidos), seguidos de Alemania, Francia y China.

Así que, además de la seguridad financiera o personal, está en juego la seguridad económica resultante de una de las premisas más básicas de la innovación tecnológica: el que resulte exitoso, será quien patente la mejor solución, la más novedosa y deseada por los clientes. Sólo que esta vez, a diferencia de las revoluciones informáticas, la atención estará puesta en los objetos, y en cómo los científicos e ingenieros logran desarrollar lo que la imaginación ya vislumbra: objetos que interactúan entre ellos sin intervención humana, desarrollando una economía donde la informática  sale del computador para llegar a las cosas. 

Y el control de las cosas, es decir, de los objetos de uso cotidiano, puede ciertamente entrar en una “área gris” donde los usuarios, los ciudadanos, podamos encontrarnos en situaciones donde los límites a la libertad personas puedan verse, por decir lo menos, ajustados, frente a decisiones que ya no estén en manos de las personas. Por nuestra propia seguridad, diría VIKI.

 

Imagen: De Deloite.

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